lunes, 29 de enero de 2007

Un dia con Lula






Un día con Lula por el nordeste de Brasil
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera

Primera parte

Semiárido nordestino del Brasil. Hemos atravesado una buena porción del estado de Pernambuco para conocer a Lula en acción. La generación latinoamericana que, como el autor de estas líneas, vino al mundo en los mediados setenta, difícilmente se ha identificado con alguno de sus gobiernos. Hija de dictaduras perfectas e imperfectas, testigo de la decadencia de un mundo bipolar y víctima de la crisis de valores, los políticos en nuestros países han sido tan poco creíbles que hemos optado por la indiferencia y la apatía frente a todo lo que tiene que ver con ellos.

Por ello entusiasma conocer de cerca a un líder, cuyo triunfo electoral, en medio del caos y la desesperanza continental, ha permitido que una sociedad se permita volver a tener expectativas y sueños de cambio. Antes, realizamos las gestiones necesarias para verlo descender desde el aire, en el aeropuerto de una pequeña ciudad pernambucana –la entrada al semiárido nordestino--, y seguirlo hasta el sitio en el que celebrará un acto multitudinario.

En el aeropuerto donde habremos de encontrar a Lula se aglutina una inmensidad de pobladores que dificulta nuestro ingreso. La expectativa de verlo se respira en el aire. Por ahí han desfilado políticos de toda especie, pero es la primera vez que los visita un Presidente. Como ellos, Lula también es de Pernambuco, un nordestino que en estas tierras pasó sus primeros y más pobres años de vida, antes de emigrar a Sao Paulo en busca de mejor suerte.

Por las escaleras del avión desciende en forma tan discreta que no se logra ver que es él hasta que está cerca. Aunque no recurre al saludo tradicional, los presentes no pueden evitar formar la tan tradicional fila de salutación. Ya está aquí. Su apariencia es desenfada y tiene algo de trendy. Figura popular, aunque no pupulachera, Lula ha desarrollado un estilo que le permite desenvolverse de manera natural en cualquier ámbito.

En el sitio hay unas 40 personas. Todas quieren darle la mano y tomarse fotos. “Ocurrre eso con los presidentes --pienso— la gente quiere tocarlos”. Sin embargo, antepongo mi dignidad y me resisto a ser uno más de los que forman esa fila que tanto me recuerda al priísmo. Lula se detiene con cada uno. No parece apurado y sí dispuesto a escuchar a todo el que se le acerca. Cuando lo tengo a menos de un metro algo me conduce al mismo impulso general, pero lo reprimo.

Después lo entiendo. Lo que me sucede es que Lula invita. A diferencia de otras figuras, hay algo tan simplemente humano en su persona que no parece instalarse en ella esa barrera que hace sentir a los ciudadanos como si sus políticos fuesen seres de otro planeta. La agenda del día está a tope, pero Lula parece tener tiempo para escuchar a cada uno. Su cercanía, y la facilidad con que se aparta de la ruta programada, pone histéricos a los equipos de seguridad.

El sitio al que Lula ha llegado es la entrada al Semiárido, una de las regiones con mayor miseria en América Latina. Espacio en el que habitan 24 millones de seres humanos, no es precisamente un lugar al que Dios lo haya privado del agua, sino un sitio donde el infierno la succiona vertiginosamente. Durante largos periodos de seca, en el semiárido todo es carestía. Escacea el agua, la comida y la vida.

Sin acceso a cualquier tipo de irrigación, y en medio del abandono, un campesino en Piauí nos muestra como se arruinaron sus cosechas y se perdieron maizales que ya alcanzaban los dos metros de altura. Para cuando llegaron las lluvias ya era demasiado tarde. Y es que nunca se sabe si las secas se prolongarán más de lo esperado. Mientras nos conduce por maizales que se asemejan a los desolados pasillos de la muerte, Joao se queja. De repente, nos hemos alejado, pero él se sigue quejando. No sabe si alguien lo escucha, pero continúa quejándose. Se queja ante la vida, se queja ante Dios.

Tierra de paradojas, el mayor mal del semiárido son los políticos que la gobiernan. Sus gobiernos, por años han lucrado política y económicamente con el hambre, la sed y la miseria. Acaparan las ayudas federales, intercambian pipas de agua por lealtad política y acumulan alimentos para ser suministrados en periodo electoral. Así, hacen de la dependencia su negocio personal. Para quebrar esta red mafiosa, organizaciones no gubernamentales y sectores progresistas de la Iglesia han ayudado a construir cisternas de placa que permiten captar agua de lluvia para acumular en los periodos de seca.

“No vamos a cambiar la estructura política de nordeste mientras la gente depende de los prefectos hasta para beber agua”, dice Roberto Malvezzi, de la Comisión Pastoral da Terra. Pero tal vez sea más preciso el misticismo de Joao cuando afirma: “Esa agua es saludable porque cae del cielo, porque está tocada por Dios”.

Segunda parte

Los 30 kilómetros que Lula recorre antes de llegar al acto están rebasados rebosantes pobladores. Varias horas antes han salido a las calles para verlo pasar. Las pancartas que se muestran en la plaza sostienen demandas de todo tipo, aunque el común denominador es la tierra. En todo el país, hay familias que esperan una parcela para cultivar. También esperan a Lula bajo el sol abrasador. Lo retan a él y a los 40 grados de calor: “Queremos nuestra tierra de cada día”, sostiene dignamente un campesino; “Cinco años esperando nuestra tierra soñada”, pone otro.

Es claro que en esta plaza hay muchos más gente de los que podrían habitar un pueblo tan pequeño. Hay “ciudadanos” de propia voluntad y hay “pueblo” transportado en camión. El clientelismo –aunque sin torta- existe también en el PT y sucede hasta en las mejores familias. La espera tiene su lado entretenido. Gigantes de zancos bailan y bromean con el público. Hay representaciones carnavalescas, música y hasta forró nordestino. Es la escencia de un pueblo que se sobrepone la adversidad con alegría y música.

Norte y el sur de Brasil, dos mundos distintos. Mientras el estado de Sao Paulo, que concentra la mitad de toda la riqueza nacional, ha vivido un desarrollo industrial de primer mundo, el norte ha permanecido excluído del desarrollo. El hambre, sin embargo, es el mismo en todas partes. Dicen los “estudiosos” que en el ámbito urbano no es tan grave como en el rural. La diferencia entre los hambrientos del semiárido -sin nada que comer- y los que habitan los alrededores de las ciudades es que allí pueden “alimentarse” de basura (vaya distinción la de los académicos del hambre).

Comienza el acto. El tono que Lula utiliza cuando llega su turno es casi el de un discurso de campaña. De hecho lo es porque está haciendo campaña. Su campaña es contra el hambre y se llama Fome Zero. Para garantizar el éxito han apostado a la movilización social. En su discurso, articula ideas complejas de manera muy simple. “Sólo tengo cuatro años –dice-- y tengo que hacer todo lo que esté en mis manos para cambiar este país. Si al final de mi mandato logramos que cada brasileño pueda hacer tres comidas al día, habré cumplido el objetivo de mi vida.”

Lula habla con sencilla calidez humana, no con demagogia. Hay una característica en él que lo hace distinto al tradicional político negociador que cree que acercar posiciones y conciliar posturas es quedar bien con todos, aunque sea para no decir nada. Lula, a pesar de tratar con unos y otros, es un político que llama las cosas por su nombre. Lo hace frente a Bush, frente a la guerra, frente al ALCA y frente a los coroneles del nordeste.

La cúspide de su discurso en el sertao pernambucano es cuando se dirige a sus coterráneos: “La seca es un fenómenos de la naturaleza, pero el hambre por causa de la seca es falta de vergüenza de quienes han gobernado este país (…) Siempre me ha molestado que los nordestinos seamos considerados en el resto del país como ciudadanos de segunda. Pero la vida me ha enseñado a no agachar la cabeza”.

Pero Lula no vino hasta aquí sólo para pronunciar frases bonitas. Busca es el apoyo y la movilización de la gente para acabar con el hambre, para que el campo vuelva a producir. Fome Zero ha comenzado a desarrollarse en varios estados del nordeste. Visitamos Acauá, uno de los municipios con la mayor miseria del país. Hasta ahora había sido un sitio prácticamente abandonado, donde su prefecto siempre se comportó como dueño y señor del presupuesto público.

La primera medida ha sido distribuir una tarjeta de 50 reales (poco más de 15 dólares) para la compra de alimentos a los más hambrientos. “50 reales no es mucho, pero es una ayuda considerable para quien nunca ha comido”, nos dice uno de los gestores sociales del programa. Se trata de una medida emergencial y asistencial que --sin pretender quedarse en eso--, busca incluir en redes de comercio local a aquellos que hasta ahora han vivido tan lejos de Dios como del mercado.

Para evitar que el prefecto haga de este programa un negocio personal, quien lo gestiona y fiscaliza es la propia sociedad. En Acauá mucha gente se ha dado cuenta que inmóviles seguramente no lograrán nada, pero que si se movilizan tal vez consigan algo.

El consenso social en Brasil es, hoy, combatir el hambre. Fome Zero ha logrado un apoyo inusitado. Participan las pastorales sociales de la Iglesia, las organismos no gubernametnales y los sindicatos. La publicidad en las calles no le cuesta un solo centavo al gobierno. Banqueros, empresarios, artistas y hasta modelos realizan donaciones. Es cierto, unos lo hacen por genuina convicción, otros para ganar visibilidad, pero lo cierto es que nadie puede darse el lujo de no participar en esto que se ha convertido –como dice José de Souza Martins- en un gran carnaval de la lucha contra el hambre. Ojalá que dure más de lo que dura un carnaval.

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