lunes, 29 de enero de 2007

El Padre Thiago






El Padre Thiago
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera

Hace algunos meses, un organismo internacional me contrató para hacer una investigación sobre el hambre en Brasil. El país vivía un clima de expectación. Sólo un mes atrás había ganado las elecciones con un histórico record de votos un luchador social con 20 años de historia, el ex líder sindical Luiz Inácio Lula da Silva. Imposible estar ahí y no contagiarse (y congraciarse) con el entusiasmo y la expectación general.

Soy uno de esos escépticos que quieren creer para hacer más fácil el descreimiento. Así que cuando llegué a Brasil tenía gran interés en conocer aquello que ha permitido, en medio del marasmo político latinoamericano, que un país vuelva a tener expectativas y sueños de cambio.

Así fue como en una de esas “misiones”, como pomposamente les llaman a los viajes que se hacen en los organismos, recorrí varias ciudades del país y me reuní con buena parte de las organizaciones sociales para conocer su sentir frente al gobierno de Lula. Invariablemente, encontré una actitud muy positiva porque la mayor parte de la sociedad civil ve el triunfo de Lula como el resultado de un proceso histórico que también es su propia conquista.

De manera que al tradicional buen humor y cordialidad de los brasileños, se sumó a mi viaje la sensación de un nuevo aire. Pero una de las personas que me recibieron no pensaba de la misma manera y eso se reflejó en la manera en que me recibió. Se trataba de un escéptico de la vida, un radical, un hombre que sigue los principios de la justicia social divina: el padre Thiago.

Cuando llegué a la Comisión Pastoral de la Tierra, en Recife, su responsable, el jesuíta escocés, se apartó del tono afable que hasta entonces había caracterizado mis encuentros. Incapaz de distinguir que no asistía ahí como funcionario internacional, sino sólo como un consultor encargado de una investigación, se lanzó contra mí en una andanada de críticas. “Ustedes –decía- se la pasan viajando en primera clase, duermen en hoteles de cinco estrellas, ganan sueldos exorbitantes y lo que hacen ni siquiera sirve para nada...”

Hubiera tenido ganas de explicarle que, por lo menos sus dos primeras críticas no se aplicaban a mí. Pero Thiago no parecía dispuesto a hacer ninguna pausa para que yo hablara. Para él yo era el representante del neoliberalismo en la tierra. Lo que yo le respondiera poco podía importarle. Así, mientras él hablaba yo escuchaba y veía el reloj. Pero súbitamente algo de lo que dijo llegó con fuerza a mis oídos.

“Tu quieres conocer el hambre en este país y estoy seguro de que ni siquiera lo has visto... vamos, ni siquiera lo haz olido! Ustedes creen que se pueden abordar los problemas desde oficinas y sin ningún tipo de compromiso”. Seguí escuchando la palabra compromiso mucho tiempo después.

Hasta ese momento todo había sido una perorata. Sin embargo, en ese momento algo me hizo reflexionar. He tratado de no engañarme a mí mismo para no confundir las cosas: el hambre no es precisamente mi problema. Sin embargo, la falta de un compromiso en la vida lo es, como creo que también lo es de una parte importante de mi generación.

Thiago no había escuchado mis palabras durante todo ese tiempo, pero en ese momento escuchó mi pensamiento y comenzó a entablarse entre nosotros un diálogo. Cuando se dio cuenta que esas palabras habían generado una sinapsis en mis neuronas me lanzó una provocación: “Te voy a llevar a conocer el hambre”. Con ingenuidad acepté “el reto” y me fui con el padre Thiago a conocer en vivo y en directo mi objeto de estudio.

Nos encontramos una mañana lluviosa. Subimos al auto –él con una boina al estilo troskista, yo con grabadora y cámara fotográfica al estilo wanna be periodista - y nos dirigimos al litoral pernambucano. El camino fue Siempre igual: hectáreas y más hectáreas de caña de azúcar agroquímicamente cultivada, todo propiedad del mismo hacendado: Joao Santos. ¿El problema? El mismo que se repite en toda América Latina, sólo que en Brasil ocupa uno de los primeros lugares a nivel mundial: inmensas extensiones de tierra en poquísimas manos.

Pero la cuestión no hubiera sido tan grave si sólo fuera eso. Lo que ocurre cuando pocos son dueños de mucho, es que muchos no son dueños de nada más que su creencia en Dios. Ese es el caso de la favela de Novo Cairá, en San Lorenzo da Mata, a la que me llevó el padre Thiago. 340 familias viven asinadas en casas de cartón, tras haber sido expulsadas por la compañía azucarera de la localidad con el aval de las autoridades locales. Todos –el prefecto, la justicia, la policía- forman parte del mismo negocio. Así es el nordeste de Brasil.

Entramos a una casa. Viven 12 en una habitación. Les explica quien soy y para qué he venido. Les comenta que los de mi especie nunca salen de las oficinas y no conocen el hambre, pero que ha logrado convencerme de venir hasta aquí (me toma fotografías para probarlo). No tengo la menor idea de lo que puedo decirles y lo poco que consigo articular no lo comprenden. Con la expropiación de las tierras perdieron su fuente de sustento. La indemnización ya se agotó y hoy no tienen alternativa de vida.

Veo y huelo su pobreza –como dice el padre Thiago-, pero no alcanzo a percibir el hambre. Entonces mi guía me obliga a hacerles una pregunta que me resulta por demás penosa: “Tomaron su “café de mañana?” “No, responde una mujer”. “Pero habrán cenado ayer por la noche?” “Tampoco”, reconoce avergonzada, como disculpándose...

El recorrido continúa. Thiago me reclama el hambre como si yo pudiese acabar con él. Cuando entra a una angosta carretera, afirma para mi estupor: “Yo no debería conducir por estos caminos. Estoy amenazado de muerte”. Oficialmente tampoco puede dar misa. Hace varios años que se lo prohibió el obispo de Recife. Pero la excomunión es lo que menos le importa. Para él, la importancia del trabajo pastoral radica en esa labor social que con tanta pureza lleva a cabo.

Comienzo a descubrir a mi guía. Aunque sus maneras me desconciertan y sus posturas me parecen extremas, algo en este hombre comienza a agradarme. ¿Será su entrega? ¿Será el compromiso con el que vive? Durante el viaje me cuenta como llegó a esas tierras, proveniente de Escocia, en 1968. Cuando le pregunto por qué se quedó en Brasil tanto tiempo me responde con absoluta seguridad: “Porque soy un misionero. Dios me mandó aquí”.

Llegamos entonces a una ocupación de tierras. Ocupar tierras improductivas ha sido el recurso al que los Sin Tierra y otras organizaciones han recurrido frente a la falta de una reforma agraria. Se trata de una estrategia extra legal, muy criticada por las elites. Dado que las tierras improductivas pueden legalmente ser expropiadas por el Estado y distribuidas entre quienes las necesitan, los movimientos de campesinos las ocupan y hacen producir como una medida de presión.

El Ingenio Prado, donde se encuentra un grupo importante de seguidores de Thiago, solía ser también una tierra improductiva. Servía únicamente para la especulación inmobiliaria. Hace 6 años la ocupó un grupo de la Comisión Pastoral. Hoy es un edén que produce todo tipo de verdura, maíz, papa, camote, “macaxeira” y en donde incluso hay criaderos de peces.

No es lo que les ha dado el gobierno, sino lo que han conseguido con el apoyo de las organizaciones sociales, e incluso del PT. La vitalidad que encuentro en ellos se refleja en sus ojos brillantes. Para mí ese parece ser argumento suficiente. La distancia que separa aquella comunidad de favelados y ésta comunidad de invasores es la misma que separa la vida de la muerte.

¿Será que todo fue montado por el padre Thiago para catequizarme en el invasionismo? A ciencia cierta no lo sé, pero me conmueve ver que este espacio de tierra, en lugar de servir al paisaje del monocultivo agroquímico y depredador funcione como un sustento para que un grupo de seres humanos trabaje, se alimente y viva con dignidad.

No fue fácil. Cuando ocuparon las tierras de Joao Santos –a quien aquí llaman Joao Satanás- la policía los reprimió. Resistieron. Entonces comenzaron a producir. Durante varias semanas sus cultivos fueron destruidos sistemáticamente. Pero el grupo persistió. “No tenemos ninguna certidumbre legal sobre esta tierra, pero nosotros sabemos que nos pertenece. Dios le dio la tierra al hombre para alimentarse y eso es lo que estamos haciendo. La tierra es nuestra porque somos quienes la producimos”, me dice convencida una mujer.

Cuando nos despedimos de ellos nos obsequian unas hermosas lechugas y no llenan el auto de más cosas porque les insistimos que desistan. Volvemos a la ciudad. Al llegar, el padre Thiago me dice: “Creo que tienes que descansar. Es importante que reflexiones acerca de lo que has visto”. Le agradezco por la visita y soy cuidadoso en no comprometerme a hacer nada que no pueda hacer.

Al poco tiempo vuelvo a mi rutina tradicional. Atrapado por los asuntos más cotidianos dejo de pensar en aquel recorrido. Sin embargo, dos semanas más tarde me soprende una comunicación del padre Thiago que dice así:

“Compañero Hernan,

Como recordarás, hace unos días visitaste dos comunidades conmigo. Escribo para decirte que ayer, en el Ingenio Prado, el Grupo Joao Santos invadió el área con 30 tractores, decenas de trabajadores, un autobús lleno de hombres armados, dos con policías militares, jeeps y varios camiones cargados de herbicida... Destruyeron todo lo que estaba a su paso. Las personas a las que conociste, con las que hablaste y a las que tanto admiraste por su organización no pudieron hacer nada para defenderse. El grupo de Joao Santos dijo ayer que buscará una orden judicial para expulsar a todas las familias.

Ha sido un crimen contra la humanidad el cometido ayer por el Grupo Joao Santos. Al destruir cientos de hectáreas de cultivos, se ha negado el derecho básico de cualquier ciudadano a la alimentación. Por favor toma medidas urgentes y articula a otras organizaciones para que hagan lo mismo. Escríbe al presidente Lula y pídele que expropie estas tierras cuanto antes, junto con todas las otras de la región que se encuentran en la misma situación.
Atentamente,
James Thorlby Thiago – Comisión Pastoral de la Tierra.”

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